No soy misionera
«Pero tú, exactamente, ¿qué haces?» Después de años en el sector humanitario, todavía me cuesta explicarlo. Ni misionera, ni heroína, ni aventurera.
«No soy misionera, Juan. No lo soy. Trabajo en ayuda humanitaria».
«Pero, ¿qué haces exactamente?»
«Bueno… trabajo fortaleciendo la resiliencia de comunidades, organizaciones y sistemas. Trabajo con los ODS, RRD, MEAL, GESI, AAP, KPIs, TdC, GbR, y a veces en VAM…»
Me cuesta muchísimo explicar a mis amigos a qué me dedico exactamente.
Algunos creen que trabajo en agricultura. Otros imaginan que paso el día llevando niños y niñas en brazos, cargando sacos de comida o subiéndome a un jeep blanco entre guerras y desastres.
Y la verdad es que no les culpo. Muchos trabajadores humanitarios nos fotografiamos cuando estamos en acción, reforzando sin querer esta imagen. Tengo fotos con niños. Fotos en distribuciones de comida. Fotos en un jeep blanco desplazándome de conflicto en conflicto.
Entonces, ¿tú a qué te dedicas?
Cuando trato de contárselo, veo siempre las dos mismas reacciones.
Están los que creen que soy una especie de misionera o heroína humanitaria. Alguien sacrificada y valiente, que sortea guerras y desastres para salvar vidas. Y sí, algo de sacrificio hay. Pero yo poco tengo de misionera y menos de heroína, la verdad.
Y luego están los que piensan que soy una aventurera «a lo Calleja». Una mezcla entre viajera extrema y Frank de la Jungla, contando historias de lugares remotos y exóticos poco frecuentados por el turismo global.
Y siendo honestos… algo de esto también hay. Me gusta viajar, aprender de otras culturas, descubrir lugares nuevos y vivir situaciones fuera de lo común. Pero la realidad es que la mayor parte del tiempo no estoy escalando volcanes ni cruzando selvas, sino sentada delante de un ordenador coordinando equipos (es decir, mandando miles de emails), en reuniones y talleres sacando conclusiones y recomendaciones (nos encanta hacer esto), planificando entregas y programas, diseñando marcos de actuación…
Celebridades como Angelina Jolie, Lady Di o Ricky Martin, y películas como Hotel Rwanda o Diamantes de sangre, han ayudado a construir una imagen de la ayuda internacional: héroes individuales, occidentales —por no decir blancos— entrando en la «boca del lobo» para salvar el mundo.
La ayuda humanitaria empieza cuando lo que damos por sentado desaparece.
Pero la realidad suele ser bastante menos cinematográfica.
Si tú exiges en tu país hospitales, escuelas y protección para ti y los tuyos, ¿por qué no deberían tenerlos quienes huyen de la guerra, la violencia, la pobreza o el hambre?
Ahí es donde entramos nosotros: con los mínimos imprescindibles para intentar que las personas mantengan unas condiciones básicas de dignidad incluso en momentos críticos. La idea es sencilla, aunque tremendamente compleja en la práctica.
¿Y cuál es tu papel en este engranaje?
Aquí es donde suele llegar la decepción. Mi día se parece bastante más a un Excel que a una película de acción.
Soy una especie de auditora o responsable de control de calidad. No fabrico el producto. No conduzco el camión que lo distribuye. Tampoco lo vendo. Mi trabajo está un poco más atrás: necesito saber si el producto está llegando a quien debe llegar, si tiene la calidad esperada, si está consiguiendo lo que pretendíamos y qué podemos hacer mejor.
En mi caso, el «producto» puede ser un programa que distribuye alimentos durante una emergencia, una intervención que vacuna a niños y niñas contra el sarampión o la polio, que ayuda a una comunidad a prepararse para una inundación, que apoya a familias que han perdido sus medios de vida o que intenta que niñas y niños puedan seguir yendo a la escuela durante una crisis.
Y ahí empiezan otras preguntas:
- Si mujeres, hombres, niños y niñas tienen el mismo acceso a la asistencia.
- Si las personas con discapacidad pueden acceder a ella en igualdad de condiciones.
- Si existen riesgos de protección que estamos ignorando.
- O si una comunidad estará mejor preparada para afrontar la próxima sequía, inundación o crisis.
En otras palabras, intento que los sistemas funcionen mejor para las personas que más los necesitan.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro sector.
- Queremos responder rápido, pero necesitamos entender antes de actuar.
- Queremos ayudar al mayor número posible de personas, pero los recursos nunca alcanzan para todo el mundo.
- Queremos tomar decisiones basadas en evidencia, pero en una emergencia la información siempre es incompleta.
Creamos procedimientos, sistemas e indicadores para hacer mejor nuestro trabajo… y a veces esos mismos sistemas terminan alejándonos de las personas para las que fueron creados.
Y quizá esta sea una de las partes menos visibles de la ayuda humanitaria. No basta con querer ayudar. Hay que decidir a quién, cómo, cuándo y con qué consecuencias. Estas decisiones tampoco son siempre perfectas, pero hay que avanzar.
La próxima vez que Juan me pregunte qué hago, debería dejar de intentar explicarle qué significa MEAL, RRD, GESI o cualquiera de las innumerables siglas que utilizamos en este sector.
Soy simplemente una de las muchas personas que trabajan behind the scenes: tratando de entender qué está pasando, qué funciona, quién se está quedando fuera y qué podemos hacer mejor.
Mucho menos cinematográfico. Pero igual de humanitario.
Decidir bien no es suerte. Es sistema.
Si quieres medir el impacto real de tus programas y tomar decisiones con evidencia, hablemos.
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